María Luisa Saura Marín
La Peña Flamenca Antonio Piñana disfrutó el pasado sábado en el Mare Nostrum de una gran noche de flamenco con Pedro Córdoba como protagonista. Desde que pisó las tablas quedó claro que estábamos ante un bailaor que domina el escenario como pocos y que sabe conectar con el público al instante, sin rodeos.
El bailaor barcelonés llega a este momento de su carrera con una trayectoria importante. Formado con Antonio Canales y Javier Latorre, acompañó a Enrique Morente en las presentaciones de su disco Omega y a Vicente Amigo, además de bailar en la Compañía Andaluza de Danza y en la de Eva la Yerbabuena. Pero en el Mare Nostrum no necesitó tirar de currículum: su baile habló por él desde el primer momento.
Abrió con una soleá de peso, asentada y rotunda, en la que ya dejó ver lo que define su baile: la fuerza. Un zapateado poderoso que hacía vibrar el suelo y unos desplantes llenos de carácter que arrancaban los olés antes de que terminara el remate. Siguió con un martinete sobrio y desnudo, donde cada golpe de tacón sonaba a fragua y el silencio pesaba tanto como el cante. Y cerró con unas alegrías luminosas, con ese temple del bailaor de tablao que sabe medir los tiempos, plantarse frente al público y mirarlo de tú a tú.
Detrás, un cuadro que se nota que se conoce, que respira junto y que juega en el mismo equipo. Eleazar Cerreduela cantó con hondura y con pellizco durante toda la noche, y en su momento en solitario nos regaló un fandango natural que continuó por Huelva, de ese cante que no se queda en la garganta sino que se mete en el pecho del que escucha. Alejandro Moreno acompañó fenomenal al baile, siempre atento a cada llamada y cada cierre, y en su turno demostró que es un virtuoso con una malagueña llena de matices, rematada por abandolaos.
Mención aparte merece Belén de la Quintana. A las palmas fue un pilar del compás durante toda la noche, pero cuando se levantó a bailar demostró que es una gran bailaora: nos regaló unos tangos llenos de flamencura, con gracia, con sabor y con ese aire canalla que hizo sonreír a todo el público.
El fin de fiesta por bulerías fue el remate perfecto. Bailó todo el cuadro, incluido Eleazar, al que le cantó el propio Pedro en un bonito cambio de papeles, y a la fiesta se sumó el bailaor de nuestra Peña, Guillermo Ramos – que también fuel el presentador del acto-, para alegría de todos los presentes. Risas, jaleos, pataítas y ese ambiente de reunión que solo se da cuando el flamenco se vive desde dentro.
Pedro Córdoba y su cuadro demostraron en el Mare Nostrum que cuando hay fuerza, verdad y entendimiento sobre el escenario, el flamenco llega a todos. Y por si fuera poco, además de grandes flamencos son buena gente, cercanos y generosos, y eso también se nota cuando se suben a las tablas. Una noche de alegría y buen flamenco, de esas que justifican salir de casa.
El bailaor barcelonés llega a este momento de su carrera con una trayectoria importante. Formado con Antonio Canales y Javier Latorre, acompañó a Enrique Morente en las presentaciones de su disco Omega y a Vicente Amigo, además de bailar en la Compañía Andaluza de Danza y en la de Eva la Yerbabuena. Pero en el Mare Nostrum no necesitó tirar de currículum: su baile habló por él desde el primer momento.
Abrió con una soleá de peso, asentada y rotunda, en la que ya dejó ver lo que define su baile: la fuerza. Un zapateado poderoso que hacía vibrar el suelo y unos desplantes llenos de carácter que arrancaban los olés antes de que terminara el remate. Siguió con un martinete sobrio y desnudo, donde cada golpe de tacón sonaba a fragua y el silencio pesaba tanto como el cante. Y cerró con unas alegrías luminosas, con ese temple del bailaor de tablao que sabe medir los tiempos, plantarse frente al público y mirarlo de tú a tú.
Detrás, un cuadro que se nota que se conoce, que respira junto y que juega en el mismo equipo. Eleazar Cerreduela cantó con hondura y con pellizco durante toda la noche, y en su momento en solitario nos regaló un fandango natural que continuó por Huelva, de ese cante que no se queda en la garganta sino que se mete en el pecho del que escucha. Alejandro Moreno acompañó fenomenal al baile, siempre atento a cada llamada y cada cierre, y en su turno demostró que es un virtuoso con una malagueña llena de matices, rematada por abandolaos.
Mención aparte merece Belén de la Quintana. A las palmas fue un pilar del compás durante toda la noche, pero cuando se levantó a bailar demostró que es una gran bailaora: nos regaló unos tangos llenos de flamencura, con gracia, con sabor y con ese aire canalla que hizo sonreír a todo el público.
El fin de fiesta por bulerías fue el remate perfecto. Bailó todo el cuadro, incluido Eleazar, al que le cantó el propio Pedro en un bonito cambio de papeles, y a la fiesta se sumó el bailaor de nuestra Peña, Guillermo Ramos – que también fuel el presentador del acto-, para alegría de todos los presentes. Risas, jaleos, pataítas y ese ambiente de reunión que solo se da cuando el flamenco se vive desde dentro.
Pedro Córdoba y su cuadro demostraron en el Mare Nostrum que cuando hay fuerza, verdad y entendimiento sobre el escenario, el flamenco llega a todos. Y por si fuera poco, además de grandes flamencos son buena gente, cercanos y generosos, y eso también se nota cuando se suben a las tablas. Una noche de alegría y buen flamenco, de esas que justifican salir de casa.