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José Martínez Hernández

Se canta como se es. Y así cantó Montse Cortés el pasado sábado 18 de abril en la Peña Flamenca Antonio Piñana de Cartagena, como ella es: dulce, buena gente, generosa y flamenca morena que se entrega por entero en cada tercio. Con naturalidad, sencillez y sin falsos oropeles, dijo en su presentación: “tanto yo como mis compañeros, hemos venido aquí para daros nuestro corazón”. Y cumplió su promesa con creces, dándonos un recital clásico y de mucha enjundia, emotivo, haciendo un recorrido magistral por los palos flamencos fundamentales: taranto y cartagenera grande, soleá por bulerías, seguiriyas de Triana , alegrías de Cádiz y de Córdoba, tangos de la Repompa o la Pirula, pasando por Granada y recordando también a Camarón, y rematando por bulerías con el soniquete de Jerez. Su voz cortita parece morenita y pobre, pero huele a clavito y canela, sabe a arroz con hinojos y se rebusca de continuo, para darnos, sin ojana, la nuez de cada estilo. Montse Cortés es flamenca y sincera, huye del artificio y va directa a la diana de la emoción. Admira a Tomás Pavón, ha bebido mucho en la fuente cristalina de Camarón y a mí me recuerda con admiración a Tomasa Torre y a La Perla de Cádiz. Su cante es antiguo y nuevo, ligero y profundo, como manzanilla en rama de Sanlúcar, criada con paciencia y en silencio en viejos toneles, que no pierde su frescura. Escuchándola, se entiende perfectamente que Paco de Lucía la eligiera para formar parte de su grupo durante largo tiempo. A propósito, no debemos tener mal gusto para el cante en nuestra peña cuando ya han pasado por ella tres cantaores favoritos del gran Paco: Rafael de Utrera, Duquende y la propia Montse.

Montse Cortés vino acompañada a la guitarra por el tocaor burgalés Nano del Amalio, joven promesa de la sonanta formado por su padre Amalio, también guitarrista, y por el maestro Ramón Jiménez “Rajira” de la escuela madrileña de Caño Roto. Sirvió al cante con gran profesionalidad e interpretó como solista una magnífica rondeña. A las palmas estuvieron, sobrios y eficaces, los dos Pacos. En resumen, noche de flamenco bueno para oler, saborear y escuchar, de ese flamenco que nos eriza la piel con suavidad, nos echa el brazo cariñoso por el hombro y nos hace sentir el dulce pellizco en el que a veces se manifiesta lo jondo.

 

 

 

 

 

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