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María Luisa Saura Marín

Hay noches en las que la guitarra deja de ser un instrumento para convertirse en una voz más, en un cuerpo que respira y cuenta historias sin necesidad de palabras. Eso es lo que ofreció Juan Ramón Caro el pasado sábado 4 de julio en un recital organizado por la Peña Flamenca Antonio Piñana, celebrado en el restaurante Mare Nostrum. Una velada que quedará en la memoria de quienes tuvimos la suerte de estar presentes, de esos que se disfrutan despacio, saboreando cada nota.

Lo primero que llama la atención en Juan Ramón Caro es esa capacidad, poco común, de moverse entre la sutileza y la fuerza sin que una reste protagonismo a la otra. Su toque es limpio, preciso, casi susurrado en los pasajes más íntimos y, sin embargo, puede transformarse en un torrente de energía cuando la pieza lo requiere. A ello se suma un rasgo que define su personalidad artística: una mirada contemporánea que actualiza el lenguaje flamenco sin renunciar nunca a sus raíces.

El recital fue, en gran medida, un recorrido por dos de sus trabajos discográficos, Rosa de los vientos y Carissimo, álbumes en los que ha plasmado buena parte de su universo sonoro. De ellos rescató piezas que ya forman parte de su identidad artística, como la guajira Azucarito, los tientos Con tiento, la soleá La Campana o la bulería La bien cercá. Cada una de ellas puso de manifiesto las distintas facetas del guitarrista: el virtuosismo, la introspección y un exquisito sentido de la armonía.

Otro de los grandes atractivos de la velada fue comprobar la cercanía que Juan Ramón Caro transmite sobre el escenario. Entre toque y toque fue presentando cada una de las obras con naturalidad, explicando su origen o el motivo de su composición. Con su gracia habitual y ese punto de humor tan suyo, se detenía a desgranar pequeños detalles técnicos de su forma de tocar —una falseta, un cambio armónico, un guiño a algún maestro— consiguiendo que incluso el aficionado menos experto comprendiera y disfrutara aún más de cuanto estaba a punto de escuchar. Esa capacidad de comunicar, lejos de restar solemnidad al recital, contribuyó a crear una atmósfera cálida y cómplice con el público.

Pero, además del guitarrista, aquella noche también pudimos descubrir al cantaor. Caro demostró su afición —y sus notables cualidades— para el cante, atreviéndose con unas letras por soleá y por bulerías, además de una cartagenera que sorprendieron muy gratamente a los asistentes. No es habitual encontrar a un instrumentista de su categoría que se anime también a cantar y, menos aún, que lo haga con tanto gusto y solvencia.

La gran sorpresa de la noche llegó con la aparición de Antonia Contreras, una de las voces más importantes del flamenco actual y, además, compañera de vida y de arte del guitarrista. Juan Ramón Caro la invitó a subir al escenario para interpretar unos tientos y una farruca. El resultado fue uno de esos momentos de auténtica comunión artística que solo se producen cuando dos grandes artistas se entienden con una mirada, con esa complicidad que nace de compartir la vida y el escenario. La cantaora puso su voz, honda y personal, al servicio del toque de Caro, y el público respondió con el respeto, el silencio y la emoción que solo despiertan los instantes irrepetibles.

Juan Ramón Caro ofreció, en definitiva, mucho más que un recital de guitarra flamenca. Dio una lección de sensibilidad, oficio y generosidad artística. Un músico que toca, canta, disfruta y emociona, y que, además, posee la humildad de compartir el protagonismo con otras voces tan grandes como la suya.

Fue, sin duda, una de esas noches flamencas que permanecen en la memoria mucho después de que el último acorde se haya apagado. Una vez más, la Peña Flamenca Antonio Piñana demuestra, con citas como ésta, su firme compromiso por acercar a sus socios y aficionados lo mejor del flamenco actual.

Fografías: Juan Carlos Martínez

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