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José Martínez Hernández

El pasado viernes, 19 de junio, disfrutamos de la actuación de la bailaora granadina Clara Checa en el patio del Museo Arqueológico de Cartagena. Y digo bien, disfrutamos, porque su baile refinado y armonioso, pleno de belleza, encanto y seducción, se ha quedado ya para siempre en la memoria de cuantos tuvimos esa noche el acierto de acudir al rito y a la fiesta del flamenco. En medio del gozo, se oyó la voz emocionada de mi amiga Isabel: “¡Qué elegante eres, hija!”. Y acertó de lleno, porque resumió con un solo adjetivo lo que todos estábamos viendo y sintiendo: la elegancia. el donaire y el buen gusto del mejor baile flamenco. Clara Checa es una de las bailaoras más destacadas de su generación y, a pesar de haber nacido en Granada, no ha seguido los pasos de esa tradición flamenca, sino que se ha formado en Sevilla, a donde se trasladó con 16 años. Por eso, su baile no es desgarrado, furioso y dionisíaco, sino mesurado, elegante y apolíneo. La escuela sevillana de baile flamenco femenino, en la que se ha formado Clara, tuvo a Matilde Coral como su gran maestra originaria y como grandes figuras sucesoras, entre otras, a Milagros Mengíbar, Pepa Montes, Merche Esmeralda o María Pagés. Nuestra artista ha bebido de esa fuente y la ha recreado con talento. Disfrutó de sendas becas en la Compañía Andaluza de Danza (CAD) y en la Compañía de Danza de María Pagés y hace honor a esa tradición de baile sevillano, que tiene en la elegancia, la armonía, el cuidado vestuario, la atención al cante y al toque y la gracia de sus movimientos su estética peculiar. Y todo ello Clara nos lo regaló a manos llenas con su arte. Apareció en cada baile vestida de una manera pulcra y perfecta, dándole a cada estilo su cuerpo y su alma propia y transitando con soltura desde la solemnidad y la gravedad de las tonás iniciales al garbo y el salero de las alegrías con que remató su actuación. Interpretó tonás y romances con sobriedad y hondura, el taranto con gran técnica y conocimiento y las alegrías finales con una gracia extraordinaria y arrebatadora. Fue justo aquí, en las alegrías, donde estuvo el momento cumbre de la noche: la bata de cola movida con milagrosa soltura, el mantón meciéndose en el aire en un delicado vuelo de colores y la bailaora con una sonrisa resplandeciente que manifestaba su estado de gracia. Y el público, entusiasmado, se lo agradeció con una emocionante ovación.

Clara Checa se presentó en Cartagena muy bien acompañada artísticamente, pues estuvieron con ella al cante Sergio El Colorao y al toque Miguel Ángel Cortés. Ambos son consumados maestros en lo suyo. El cante de Sergio El Colorao, perteneciente a una de las grandes estirpes cantaoras de Granada, fue un perfecto diálogo con el baile de nuestra artista y en solitario interpretó unas seguiriyas cuyo eco todavía no se ha borrado de mi mente. Miguel Ángel Cortés, por su parte, miembro de otra gran saga del toque granadino, nos hizo sentir el sonido redondo y perfecto de su maravillosa sonanta como nunca, acompañó a Clara de forma magistral y nos regaló la farruca del maestro Sabicas en una interpretación inolvidable.

En fin, una noche más extraordinaria en nuestra querida peña flamenca. Y ya son multitud. Clara Checa se marchó para cumplir otros compromisos artísticos, pero nos dejó para siempre en el recuerdo el aroma elegante de sus tonás y su taranto y la gracia salerosa de sus alegrías. Con razón dijo el poeta “Cádiz, salada claridad”.

Clara Checa | Tonás

Clara Checa | Taranto

Clara Checa | Alegrías

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