María Luisa Saura Marín
El pasado sábado tuvimos el placer de recibir a la cantaora Ana Brenes en la Peña Flamenca Antonio Piñana. Catalana de nacimiento, con las raíces hundidas en Utrera —cuna de grandes cantaoras—, su voz reveló desde el primer instante una singularidad que nace precisamente de esa doble pertenencia: la amalgama de modernidad y tradición, de presente y memoria, que solo florece cuando ambas son genuinas. De ahí el sello inconfundible con el que afronta el cante más exigente, con una naturalidad y una autenticidad que no se aprenden sino que se traen puestas
A ello se suma una afinación impecable, un sólido dominio técnico y un profundo conocimiento del repertorio, cualidades que le permiten recorrer con autoridad y criterio los distintos palos del flamenco. Su recital trazó un viaje acompasado entre la tradición y la creación propia: soleá, seguiriya, tangos y fandangos de Huelva sonaron con el rigor y la pureza que merecen, pero impregnados siempre de su personalidad y sensibilidad artística.
Esa misma personalidad brilló con igual intensidad en su faceta creadora. Letras y músicas de su autoría —levante, trilla, romance y un pregón por cantinas— dejaron constancia de algo que no abunda: la capacidad de aportar al flamenco desde el conocimiento profundo y el buen gusto, sin renunciar a la originalidad. Ana Brenes no solo domina el flamenco; posee una voz propia dentro de él.
A la guitarra, Óscar Soriano firmó un acompañamiento delicado, virtuoso y siempre al servicio del cante, construyendo junto a ella un diálogo musical elegante y emotivo
El público siguió cada cante en silencio cómplice, con la atención sostenida de quien sabe que está ante algo especial. Los aplausos, cuando llegaron, fueron sinceros y merecidos. Un recital diferente, singular y hermoso, de los que dejan huella.