María Luisa Saura Marín. 21 de marzo 2026
No hubo gestos. No hubo teatros. José Antonio Martín El Salao llegó, se sentó, y cantó. Así de sencillo y así de difícil. En una peña llena de aficionados que saben lo que escuchan, José Antonio Martín ofreció algo que escasea: la verdad a palo seco, sin artificios, sin concesiones al lucimiento fácil.
Es un cantaor tímido, de los que no buscan al público sino que lo encuentran. Canta ‘pa dentro’, como si el cante fuera una conversación consigo mismo a la que el oyente tiene el privilegio de asomarse. Pero esa timidez no es rendición: El Salao se enfrenta a cada palo con una entrega total, sin ceder un tercio, sin esconderse en lo cómodo. La voz sale desde un sitio hondo y no pide permiso.
Hubo momentos en que la sala desapareció. Solo quedaba esa voz peleando con el cante, y el cante rindiéndose.
Recorrió ocho palos con su sello inconfundible: la malagueña, la soleá, la seguiriya, las alegrías, los tangos, las bulerías, los cantes de Levante con que abrió y los fandangos con que cerró. Ninguno de relleno, cada uno cantado a su manera singular, desde dentro, con esa voz que no adorna lo que no necesita adorno y que aprieta donde tiene que apretar
A su lado, José Andrés Cortés fue mucho más que un acompañante. Hubo entre los dos una comunicación continua, esa escucha mutua que solo se da cuando dos artistas se entienden de verdad. Y tuvo también sus propios momentos de vuelo: la guitarra encontró espacios para lucirse sin apartarse nunca del cante, sin quebrar el recogimiento de la noche.
Más que un recital, lo vivido fue un encuentro íntimo entre artistas y público, de esos en los que el flamenco deja de ser espectáculo para convertirse en algo compartido, profundo y difícil de explicar, pero que no se olvidan.