María Luisa Saura Marín
El sábado 19 de septiembre, la Peña Flamenca Antonio Piñana abrió sus puertas a Matías López “El Mati”, acompañado a la guitarra por David Caro, y lo que allí sucedió fue, sencillamente, cante en estado puro durante dos horas. Desde el primer compás se le vio cómodo, entregado, desplegando esa generosidad que le caracteriza y que el público supo agradecer.
Cautiva ver cómo se acompaña con las palmas y el compás de los pies, marcando el ritmo con una precisión que delata al cantaor que domina cada palo desde dentro, que disfruta cantando. Y se le nota: cuando canta, se le ilumina la cara, como si cada verso le devolviera algo de lo que entrega.
Fue desgranando un repertorio amplio y exigente: abrió con martinete, siguió con malagueñas y abandolaos, y entró después en soleá, tientos-tangos, seguiriyas y cabales. No faltaron la granaína, la guajira y una soleá por bulerías a la que unió caña y bambera, para cerrar la noche por todo lo alto con unas alegrías.
Un recorrido que exige no solo memoria y técnica, sino también criterio, sostener la tensión artística sin decaer. El Mati lo hizo con esa voz suya tan reconocible, capaz de ir del susurro más íntimo al grito desgarrado sin perder nunca el control ni el buen gusto. En su manera de cantar se adivina al músico completo que es, con un oído nutrido también del jazz y de otras músicas, algo que se nota en la precisión rítmica y en el cuidado con que construye cada cante. Ahí está, quizás, su mayor virtud: la manera en que se lleva cada palo a su propio terreno, respetando la ortodoxia del cante pero imprimiéndole un sello personal e innovador.
Cuando se alzó con la Lámpara Minera del Festival del Cante de las Minas en 2019 quienes lo vimos entonces sobre el escenario de La Unión recordamos que, en pleno concurso, con todo lo que eso conlleva de tensión y de jurado midiendo cada cante, daba la sensación de estar ofreciendo un recital y no de estar compitiendo. Esa misma naturalidad, esa entrega que se sobrepone a cualquier circunstancia, es la que volvimos a ver el sábado en la peña.
A su lado, David Caro fue mucho más que acompañamiento: con su guitarra tejió el marco perfecto para que cada cante respirara, dialogando con la voz del Mati en ese entendimiento que solo se logra con oficio y complicidad.
Una noche redonda que reafirma el nivel artístico que sigue distinguiendo a nuestra peña, y unas ganas ya de volver a disfrutar de ambos sobre el escenario.