por José Martínez Hernández
El pasado sábado, 24 de enero, tuvo lugar en la Peña Flamenca Antonio Piñana de Cartagena la actuación del legendario cantaor Juan Rafael Cortés Santiago, “Duquende”. Noche, sin duda, memorable para todos los que allí acudimos, porque disfrutamos de un recital flamenco fuera de lo habitual, singular y diferente, acorde con la especial personalidad artística del cantaor de Sabadell. Es bien sabido que su ídolo y referencia en el cante es el irrepetible Camarón de la Isla, pero, no se equivoquen, él no es un camaronero más, un mero imitador como tantos otros del genio de la Isla de San Fernando, sino un continuador y recreador de esa escuela desde su peculiar personalidad, porque Duquende no usa moneda corriente flamenca, sino que acuña su propia moneda: Duquende suena a Duquende. Razón tenía el gran Paco de Lucía cuando lo llevó en su grupo durante casi veinte años, -algo entendía de flamenco el genio de Algeciras-, quien dijo de nuestro cantaor que poseía “la magia del cante, inspiración y técnica.”
«Su cante no es académico, pensado o sometido a los cánones de forma estricta, al contrario, es un cante libre y furioso, que busca de forma directa el grito y el quejío, y que apunta siempre a la diana del corazón«
Quedémonos con la idea de inspiración. Hay cantaores en los que predomina la cabeza sobre el corazón y buscan la perfección técnica o el respeto escrupuloso de las formas estilísticas y la sujeción del sentimiento a la razón. Y hay otros cantaores que sirven a la ley del corazón, cuya voz pretende emocionar de manera directa e inmediata, sin alardes preciosistas e innecesarios, buscando sentirse y hacernos sentir con intensidad. A los primeros podemos llamarles cantaores de preparación y a los segundos cantaores de inspiración. Duquende pertenece de lleno a la estirpe de los cantaores de inspiración, de los que cabe mencionar, entre otros, a Manuel Torres, Manolo Caracol, Fernando Terremoto o su admirado y venerado Camarón de la Isla. Su cante no es académico, pensado o sometido a los cánones de forma estricta, al contrario, es un cante libre y furioso, que busca de forma directa el grito y el quejío, y que apunta siempre a la diana del corazón. No pretende lucir la voz o recrearse con ella, sino quebrarla y desgarrarla para herir con sus duquelas al aficionado cabal. Aunque también posee el registro de la dulzura tal y como demostró en la última canción que nos regaló. El cante de Duquende tiene sabor añejo y aroma fresco, es de ayer, de hoy y de siempre, porque el cante jondo no es producto fabricado sino creación en acto. Con toda la razón, decía Manolo Caracol que se fabrican los roperos, pero el cante se crea. Y el cantaor catalán recreó para todos nosotros un repertorio tradicional, -cantó cartagenera, taranto, bulerías por soleá, tangos, seguiriyas, alegrías, bulerías y remató con una versión maravillosa de la canción de Ray Heredia “Lo bueno y lo malo”-, pero en su voz afillá, rabiosa y llena de quejíos jondos todo sonó fresco, nuevo y distinto, como bendito pan flamenco recién salido del horno.
Mención especial merece el fiel escudero que le acompañó esa noche, el guitarrista ubetense Julio Romero Santiago, porque también él estuvo inspirado, brillante y perfecto y aprovechó el sitio que le daba Duquende para ofrecernos un toque magistral, en diálogo permanente con el cantaor, a ratos vigoroso y a ratos sutil y delicado, logrando una compenetración perfecta entre ambos. Sabadell y Úbeda se hermanaron en el flamenco el pasado sábado en Cartagena para siempre.
En suma, noche flamenca inolvidable, a la orillita del puerto, rodeado de amigos, con el mar de testigo y de invitado el duende. Por cierto, ¡qué gran tino tuvo Camarón al bautizarlo como Duquende!

