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José Martínez Hernández. 30 de noviembre de 2025

El pasado sábado 29 de noviembre tuvo lugar en la Peña Antonio Piñana de Cartagena una extraordinaria actuación del cantaor gaditano Antonio Reyes Montoya (Chiclana de la Frontera, 1977), quien nos regaló un recital intimista, emotivo y lleno de momentos inolvidables. Los socios y amigos de la peña, que abarrotaban el sótano del Restaurante Mare Nostrum, asistieron a una lección magistral del chiclanero llena de sensibilidad, delicadeza, hondura y dominio de la afinación y el ritmo flamencos, y desarrollada a través de los palos clásicos más conocidos: taranto y cartagenera grande, tientos, tangos, soleá, seguiriya, alegrías, bulerías, etc. Incluido su homenaje particular a su ídolo personal, y el mío, Manolo Caracol, interpretando su célebre canción “La Salvaora”. Estuvo acompañado a la guitarra por el joven tocaor jerezano Vicente Santiago, alumno de Diego del Morao, quien sirvió al cante con eficacia y profesionalidad.

Antonio Reyes es uno de los cantaores más destacados de su generación y posee una acusada personalidad artística, – “sello personal”, le han llamado a eso siempre los flamencos-, que transforma en propio todo lo que toca, ya sean cantes de Caracol, La Perla de Cádiz, Camarón o Pansequito. Su voz dulce pasa por los tonos acariciándolos y sin romperlos, pero untándolos con una emoción que eriza la piel y apena o alegra el pecho como una brisa lenta, cálida y penetrante. Es una voz dulce que hiere, que pellizca con suavidad y con hondura, para abrirnos la puerta que lleva a las verdades del corazón, siempre más profundas, más sutiles y más complejas que las verdades de la razón. Una antigua querella sobre el cante se ha ofuscado en disputar sobre cuáles son las voces más flamencas o más jondas, entreteniéndose en elucubrar una clasificación por rango vocal y timbre con pretensión de rigor: voz afillá, voz redonda, voz natural, voz fácil, o voz de falsete. Sin embargo, esta ambición clasificadora no deja de ser un ingenuo empeño en ponerle puertas al campo flamenco y perder de vista lo esencial: la voz más flamenca, la voz jonda, sea cual sea su tesitura, es siempre la voz emocionada y emocionante, la que está arraigada en las heridas del corazón. Porque, como dijo García Lorca, “el duende hiere, y en la curación de esta herida que no se cierra nunca está lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre”. La lección magistral de Antonio Reyes nos hizo saber que el duende no siempre está en las voces crudas, graves y desgarradas, sino también en las voces dulces y armoniosas que nos hieren con suavidad, que no traen sal y vinagre, sino pomada para nuestras heridas. ¡Bendita sea esa dulce, compasiva y sanadora pomada!

Fotografías: Virginia Rosique

Video: Pedro Martínez